La niña que miraba a los lobos

 


Al calor del fuego y a cobijo del Cortijo, la noche seguía invitando a prolongar la tertulia y seguir compartiendo comida y vino. La mujer, sin embargo, seguía preocupada. Aunque su marido le había mostrado con su gesto que se permitieran permanecer allí un buen rato, ella, que sostenía a una niña en sus brazos, pensaba que había llegado el momento de marcharse.

–Es muy de noche–, exclamó.

–Quédate un poco más–, le comentó la dueña del Cortijo.

–Prefiero marcharme, él que se quede, está disfrutando de este buen rato y bastante trabaja todos los días en el campo–

La mujer se levantó, le dio un beso tímido a su marido, arropó bien a la niña y salieron del Cortijo. Hacía un buen rato que nevaba, por lo que preparó con la toquilla un esbozo con el que tapar la carita de la niña. La pequeña la miraba a ratos, mientras entraba y salía de un duermevela. Tenia los ojitos de color miel y el cabello oscuro, con una cara sonrosada por el calor del fuego de la chimenea. Era delgada, lo que aliviaba el esfuerzo de la madre para llevarla en brazos y caminar de forma ligera. Así, en una noche sin luna, con un frío contenido mientras nevaba, madre y niña se iban adentrando en aquella oscuridad, caminando, ahora con cuidado, por la vereda de regreso a la cortijada. El estrecho camino descendía un poco hacia el rio, entre rocas que dibujaban un paisaje abrupto, perfilado por quejidos y encinas que, ahora, se cubrían de blanco por los copos de nieve. La luz de la lámpara de carburo, utensilio que su marido conservaba de los años en los que trabajó en las Minas del Conjuro, le permitía seguir el sendero, aunque dibujaba sobre matorrales y rocas sombras espectrales que, en ocasiones, confundía con siluetas en movimiento. A lo lejos oía ulular a un búho que, según le habían contado los pastores de la zona, cazaba desde la atalaya que le proporcionaba una vieja encina. También le pareció escuchar un aullido, eso la asustó y le conminó a caminar aun más rápido. En aquellos años veinte, nada locos ni despreocupados, del siglo XX, aun quedaban lobos en la Alpujarra y, en invierno, ese podía ser un asunto serio.

El marido, por fin se levantó, apurando con cierta ansia el cigarro que tenía apresado en su mano izquierda, lo terminó lanzándolo a la chimenea, se colocó la boina, la zamarra y de forma escueta lanzó al viento: –quedaos con Dios–, y se marchó. También él portaba una lámpara de carburo, en su caso se había ceñido el depósito a la cintura y ajustado el reflector a la frente, calándose la boina ligeramente hacia atrás.

Caminaba de forma ágil, buen conocedor del terreno, y al pasar cerca de la vieja encina, observó que a las huellas que le precedían se habían sumado las de las cuatro pezuñas de lo que solo podía ser un perro o un lobo. Por un momento pensó que debería ser un perro, no había oido ningún aullido desde que había abandonado el Cortijo, pero no estaba seguro. Lo que lo dejó petrificado fue que desde ambas pendientes sobre las que transitaba la vereda, más huellas de pezuñas se sumaban a las que él iba siguiendo desde hacía rato. Eso le hizo avivar el paso y recorrer la distancia que le quedaba hasta la cortijada en muy poco tiempo. Ya no sentía en la cabeza el despreocupado bienestar de los vinos costa que había conversado en el Cortijo, ahora solo notaba el martilleo constante de la angustia por llegar a su casa. A poco de alcanzar su pequeño cortijo la preocupación se apoderó de él, no distinguió humo saliendo por la chimenea, su mujer e hija no habían llegado a la casa, –quizá estarían en algún cortijo vecino–, pensó. Pero no era así.

Pertrechados con bastones y algunos otros aperos, a modo de improvisadas armas, los vecinos de la cortijada acompañaron al marido en su angustioso camino de vuelta al Cortijo. Conforme avanzaba, iban rastreando ambas pendientes, buscando entre matorrales, hoquedades e, incluso, hasta llegar algunos a la ribera del río. Los rastros de pisadas que habían permanecido hasta entonces, se iban perdiendo ante la atropellada búsqueda de los vecinos. Sobre una aulaga cubierta de nieve, una mujer recogió una toquilla y gritó: –aquí, aquí–. Todos acudieron y sus semblantes se ensombrecieron, resultaba evidente que algo les había ocurrido. Buscaron alguna señal que les permitiera discernir que había pasado, algún resto de sangre, un jirón de ropa, pero no hallaron nada. Continuaron ascendiendo en dirección del Cortijo, caminaban sin dejar de escudriñar ningún recodo, bajando hasta el río, por si habían caído y rodado hasta allí. Estaban cerca del Cortijo, lo sabían porque la vereda se ensanchaba, cuando volvieron a reconocer unas pisadas, –seguramente es de una mujer por el tamaño–, comentó un vecino mientras señalaba el hallazgo. Las pisadas se dirigían directamente al Cortijo, así que corrieron y aporrearon la puerta. Los dueños del Cortijo, les abrieron, frente a la chimenea estaba la mujer, empapada y tiritando.

Según narró de forma apresurada, tres o cuatro lobos aparecieron desde la parte más alta del camino, uno de ellos saltó sobre ellas, pero solo consiguió enganchar la toquilla con la boca. Ella, sujetando fuertemente a la niña, corrió pendiente abajo buscando el río y sin pensarlo se lanzó al agua, dejándose arrastrar por la corriente. Los lobos intentaron vadear el río, pero no encontraron lugar por donde hacerlo. la corriente las llevó algo más abajo, donde una adelfa enorme se inclinaba desde la orilla hacia el río, de manera que se asió a unas de sus ramas, sin dejar de apretar con fuerza a la niña sobre su pecho. En ese momento vio como se acercaba uno de los lobos, no podía atravesar el espesor de la adelfa, intentó rodearla pero por más vueltas que daba siempre terminaba mojando sus patas en el agua. De repente su hija giró la cabeza hacía el animal, en ningún momento la niña había dejado de llorar, pero en ese momento, lo miró con fijeza, con sus pupilas dilatadas sobre aquel iris de miel, dejó de gimotear y continuó mirándolo con firmeza. La madre la observó, sus labios estaban morados y habían desaparecido las chapetas sonrosadas de sus mejillas, pero lo que mas le asombró fue con la determinación, carente de temor, con que su hija miraba al lobo. Finalmente, el animal dio media vuelta y de un salto alcanzó la pendiente ascendente, hasta perderse en la negrura de la noche. Ella permaneció un rato más en el agua, aterida de frió y, más aun, de miedo. La niña cerró los ojos y comprobó que su respiración era muy superficial, eso la animó y dio fuerzas para salir del agua y no parar de correr buscando cobijo en el Cortijo. Allí la habían atendido, desnudaron rápidamente a la niña, calentaron agua que introdujeron en botellas y, una vez bien cerradas, cubrieron con prendas de lana, metieron a la niña en la cama de los dueños del Cortijo y colocaron las botellas con sumo cuidado alrededor de la pequeña. Poco a poco su carita volvió a sonrosarse y al abrigo de la cama, el calor de las botellas y de dos braseros que la dueña del Cortijo colocó a ambos lados de la cama, la niña que había mirado sin miedo a los ojos del lobo, se quedó dormida. Y allí, un rato más tarde, su padre la encontró y pudo abrazarla.

Años más tarde, un pastor que pasaba el verano en una zona de alcornocales por encima de la Junta de los Ríos, Bermejo y Trevélez, cerca del camino forestal que transcurre por la sierra entre Pórtugos y Trevélez, se encontraba bajo uno de los tinaos del Cortijo charlando con el dueño, eran viejos amigos. El viejo pastor le narraba el incidente que había sufrido el pasado invierno cuando le sorprendió una nevada justo por encima de la Ermita que había a medio camino entre El Cortijo y la Cortijada. Bajaba de la sierra cuando comenzó a nevar, por eso se apresuró a juntar las ovejas justo debajo de un saliente de roca donde podrían cobijarse. Encendió una fogata y ató las patas de algunos animales, los menos obedientes para evitar que se perdieran durante la ventisca. Animales, hombre y perro, bajo el saliente de roca y al abrigo de una fogata insuficiente para el frío que les venía encima. El pastor ajustó bien su zamarra y se echó por encima una manta de lana, llamó al perro y lo acurrucó junto a él. No había pasado ni una hora cuando una manada de lobos los rodearon. Fue el perro quien lo alertó con sus ladridos, el animal hacía ademán de atacarlos, pero retrocedía ante las miradas y actitud agresiva de los lobos. Las ovejas se habían juntado unas sobre otras, atemorizadas. Afortunadamente, las menos atentas a las órdenes tenían pata delantera y trasera atadas con una soga de esparto, pensó el pastor mientras se recomponía, sujetaba su batón y lanzaba los primeros golpes al aire para alejar a los lobos. El pastor no dejó de gritar ni de mover de un lado a otro su bastón durante toda la noche, por suerte el lugar elegido para descansar evitaba que los lobos pudieran rodearlos. Además, su perro, convencido que nada podía hacer frente a aquella manada, se obstinaba en mantener juntas a las ovejas, lo que permitía al pastor atender mejor la defensa. No cejó en su pelea. Ya clareaba el día cuando el frío y el cansancio se apoderaron de él, sintió un calor súbito y la vista se le nubló. Antes de caer al suelo, contemplo que una figura humana, parecía una mujer, se acercaba despacio, solo puedo apreciar como los lobos se giraban y permanecían inmóviles. La nieve amortiguó el impacto de su cuerpo sobre el suelo. Se esforzó por mantenerse despierto, pero las fuerzas lo abandonaban y empezó a dejarse atrapar por el frio y la resignación. Pero antes de perder el conocimiento alcanzó a vislumbrar como la silueta, transformada en mujer, cubierta de un fino manto de nieve sobre su ropaje, miraba a los lobos con tal fijeza, que éstos saltaban a un lado y, uno a uno, conforme clavaba sus ojos en ellos, se iban retirando. 

El viejo pastor despertó al tiempo que la mujer había posado su boca sobre la suya y exhalaba un reconfortante aire caliente que lo reanimaba. Nunca había sentido una sensación así, aquellos labios le estaban devolviendo a la vida. Aun estaba tan débil que no lograba recuperar el sentido, hasta que de nuevo, la boca de la muchacha volvió a depositar de forma decidida otra bocanada de aire caliente en su interior. Al levantar la vista dos ojos color miel lo miraban de forma fija, al tiempo que le apretaba la mano en la que aún mantenía asido el bastón, indicándole que la batalla había terminado. En ese justo momento, la chica se acomodó un mechón de su cabello negro bajo una toquilla que llevaba ajustada esbozando su rostro. Sin decir nada, se levanto y se marchó. El pastor levantó la vista y observó que se alejaba a través de un paisaje invernal de centellada inmóvil. Es la mujer que mira a los lobos, dijo para sí mismo.

José A. González Correa©





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