Un cinco de enero
Un día 5 de enero de hace muchos años, el "pagador" volvía con su moto al abrigo de su pelliza de cuero, bajo una lluvia incesante y un frío que se clavaba como un puñal en el pecho. Durante el trayecto, le venían a la memoria las historias que habían ido provocando que ese día, se encontrara subido en una moto transitando por la carretera desde Parauta a Benahavis, pasando por Igualeja y Pujerra, con dirección San Pedro de Alcántara y destino a Málaga. Las tareas de reforestación hacía necesario llevarle el jornal a los trabajadores que realizaban los trabajos en los monte. La moto fue su compañera durante los primeros años después de que desde la 7ª Brigada de la Guardería Forestal del Estado le encargasen ese trabajo. Hizo tantos trayectos útiles sobre la moto durante tanto tiempo que, cuando conducía el coche, en cada curva se inclinaba hacia un lado (algo que siempre le corregía mi madre). Hablo de trayectos útiles, producto del hartazgo que me producen aquellos moteros que se adentran en las carreteras de sierra, por puro ocio insensato y prepúber, para echarle un pulso al destino y a la suerte, adelantando y avasallando donde no se debe y convirtiéndose en piratas ebrios de estupidez (lamento interrumpir la narración por estos mamarrachos, perdón. Lamentablemente, las carreteras de la Alpujarra se han visto invadidas por esta plaga).
La Guardería Forestal del Estado tiene su origen en 1907, mi padre ingresó unos años después de casarse, sobre 1945 y, hasta que lo trasladaron a Málaga, contribuyó durante muchos años a reforestar Sierra Lujar y Sierra Nevada. En Málaga, nombrado Guarda Forestal, se incorporó a "habilitación y pagaduría", con la misión de llevar el salario quincenal a todos los trabajadores encargados de "tareas de montes" en toda la provincia de Málaga.
Por ese motivo, con algún atraso provocado por el mal tiempo, aquel 5 de enero de hace mucho tiempo se encontraba sobre su moto, pasando frío y satisfecho de que los trabajadores tuviesen el jornal por el que se habían deslomado en el monte. El día anterior había hecho noche en Cortes de la Frontera, en casa de su amigo Antonio, Guarda Forestal como él, hombre honesto de carácter afable y semblante que reflejaba su bondad. En aquel pueblo, ejerció una de las tareas que se había encomendado, guiado por Antonio entró en una pequeña tienda en la que vendían de casi todo, y allí compró algunos futuros obsequios del "día de reyes" que ahora atesoraba en la maleta de cuero, firmemente asida al portaequipaje de la moto, que días antes estuvo repleta de dinero para los trabajadores. A ratos, giraba brevemente la cabeza para comprobar que la maleta seguía firme en su lugar, a pesar del viento y la lluvia.
Aquella víspera de reyes fue especial. Era muy tarde, mi madre nos había enviado a la cama, bueno, realmente a mi que era el pequeño, mis hermanas disfrutaron un poco más el "permiso pernocta", eran mayores y esperaban con ansiedad que volviera mi padre. Hacía bastante tiempo que se había echado el sol y la lluvia se mantenía obstinada, lo que preocupaba a las tres, mi madre y mis hermanas. Pero yo había sido desterrado al cuarto, bajo la severa amenaza de que los Reyes Magos pasarían de largo si sospechaban que algún niño estaba despierto después de las 12 de la noche. La mera posibilidad me aterraba, había pedido un coche de policía que se podía "guiar" mediante un pequeño mando con volante que iba unido al coche por un cable. No podía arriesgarme. Hoy se, no porque nadie me lo haya contado, el enorme esfuerzo que debió ser para la economía de casa aquel regalo. Cada gasto estaba previsto y dispuesto en sobres con el contenido exacto para afrontarlos, mis padres nunca tuvieron ningún capricho, el sueldo de mi padre daba para vivir sin permitirse exceso alguno (en el horizonte de la ilusión estaba un piso con ascensor en el mismo barrio en el que vivo ahora). Pero, además, aquel Guarda Forestal motorizado, había improvisado pequeños detalles para el día de Reyes, la fe que tienen los hombres buenos de que todo puede ser posible, más aún las miradas de ilusión para lo que no se espera. Un paje real, imbuido en su pelliza de cuero (en lugar de capa), con guantes forrados de "borreguillo" (en lugar de guantes de seda de los representantes de la realeza) y con casco y gafas (en vez del tocado algo ridículo de los pajes), con el cielo cubierto, la lluvia sobre la cara y la certeza de ser afortunado.
Según recuerdo, debía estar dormido cuando alguien pasó cerca de mi, por un momento fui consciente de que me había despertado y cerré con fuerza mis ojos, descubrir a lo Reyes Magos aquella noche acarreaba desastres que no quería ni siquiera imaginar. Noté como una mano deslizaba algo bajo mi almohada y percibí un olor húmedo, mientras me quedaba inmóvil. Después note una leve caricia en mi cabeza, mientras aquel ser me arropaba con extremo cuidado.
Al despertar y comprobar que era de día, me levanté, mis hermanas aun dormían e imaginé que mis padres también. El dormitorio de mis padres quedaba a continuación del de mis hermanas y mio, era necesario atravesar el nuestro para llegar al de ellos. La puerta de mis padres estaba cerrada y me levanté. Junto al árbol de Navidad (un pinsapo) y bajo el portal de Belén (por supuesto nevado de harina) estaba el coche dentro de su caja que tenía el frontal transparente. Lo miré si tocarlo, no me atrevía, era increíble que estuviera allí. Entonces recordé que los Reyes habían estado en mi casa, me habían tocado la cabeza y supuse que les habría llovido, porque olí la humedad. Me levanté rápido y fui directo a la cama, me acomodé en ella, tenía frío, y al introducir mi mano bajo la almohada comprobé que había tres objetos: un chicle, una goma de borrar que olía muy bien y un pequeño cuadernillo de dibujo invisible, que al trazar sobre él con un lápiz (apretando ni mucho ni poco) sorprendía apareciendo una figura (la primera que desvelé horas después fue la de un niño jugando con un perro). Junto a las camas de mis hermanas había algunos papeles que supuse de golosinas o pequeños dulces (no pregunté por aquello, tenía mi coche, mi cuadernillo, una goma de borrar que olía muy bien y un chicle que, por supuesto, ya estaba masticando mientras leía una pequeña historieta impresa en el envoltorio. Y, además, los Reyes o al menos uno de ellos, me había tocado).
Hoy se, no porque nadie me lo haya contado, que la mano que atusó mi pelo era la de mi padre y que el olor a humedad era de aquella pelliza empapada de agua. Y que la mano que introdujo con suavidad los obsequios bajo mi almohada era la de aquel hombre bueno que tanto nos quiso. No diré que los obsequios que encontré bajo la almohada evitaran que durante buena parte del día fuese detrás del coche, "guiando" con cuidado. Pero si me permitieron aprender a disfrutar de pequeñas cosas, había que conservar las "pilas" de aquel coche (economizar era prioritario), disfrutar de aquel cuadernillo y aquella goma de borrar disipaban mis ganas de volver al coche (aunque descubrí que desvelada la figura del cuadernillo no se podía hacer desaparecer borrando). Y lo más importante, a recordar y añorar, muchos años después, aquel día de reyes, extrañando a mi padre, a mi madre, a mi hermana Espe y con la esperanza de que mi hermana Mari se siga emocionando con los relatos sobre mis padres.
José A. González Correa©


Precioso
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