El Cortijo


Las nubes se han descosido del cielo y, a modo de sudario, aparecen perfilando la montaña. No ha dejado de llover y las calles y campos están cubiertos y empapados de agua. Es invierno y el frío, ahora que cae la noche, es un mal compañero para transitar por los caminos. En el cortijo, situado sobre el inicio de una sucesión de balates que se prolongan en vertiginosa caída hasta el rio Trevélez, frente a la Sierra del Conjuro y mucho antes que al rio se le unan el Bermejo y el Poqueira, la chimenea encendida presta calor a unas cuantas personas, sus dueños y otros vecinos de una cortijada cercana. Los visitantes han hecho un alto en el camino de vuelta del pueblo de Trevélez, a donde han ido para algunas compras y trueques con los que proveerse en el invierno. El cortijo tiene una única planta, con un pequeño tinao que lo une a la cuadra y a un cobertizo para los aperos del campo. En la Alpujarra los tejados no son de dos aguas, se construyen en superficie plana con launa y pizarra, de manera que posibilita su aprovechamiento como superficie suplementaria, así, por ejemplo, durante el verano, se puede utilizar como secadero. Esta forma de cubrir las casas permite unir distintas dependencias, prolongando la techumbre y permitiendo superficies cubiertas y aireadas, excelentes en los meses más calurosos y de ayuda para evitar la lluvia cuando se trabaja en el exterior, apilando sacos, follaje o cualquier otro quehacer. 

Ha comenzado a nevar, la tertulia junto al fuego se ha prolongado compartiendo vino costa y lomo de orza. La mujer de uno de los cortijeros esta inquieta porque es noche cerrada y aun tienen que caminar media hora larga antes de llegar a su cortijo.

- Deberíamos marcharnos ya, le dice a su marido. Pero éste, entusiasmado con la conversación y achispado por el vino, le hace una seña con una mano, mientras que con la otras termina de liar un cigarro, en claro gesto de: un momento, que estoy disfrutando.

Estas veladas improvisadas, permiten establecer fuertes lazos entre los cortijeros de la sierra, porque, a pesar que el pueblo de Trevélez no está muy lejos de allí, los inviernos son duros y se necesitan para completar algunas tareas en el campo o con el ganado o, simplemente, para que la monotonía no les secuestre el alma. 

De hecho, muchas de sus tareas se convierten en fiesta, a pesar del duro trabajo. En invierno, la "matanza" del cerdo, criado durante todo el año, que permitirá contar con carne y embutidos el resto del año, es una fiesta en si misma. Se reúnen los hombres en torno al matarife, mientras las mujeres van preparando lebrillos y avíos para sazonar y embutir todo lo que el animal aporta. Por supuesto, el vino se disfruta de forma generosa, hasta el punto de que el dueño del animal no tendrá reparo en mostrar, incluso con alguna lágrima, el pesar por la muerte del, hasta hace poco tiempo, su "amigo".

Y con el verano, llega la apoteosis, después de sembrar, segar y preparar haces de trigo y cebada, tendrá lugar la trilla y la parva. Encima de una bonita ermita de piedra, a unos dos kilómetros del Cortijo, justo a medio camino de la cortijada, se encuentra situada la era. El camino es empinado y difícil, por lo que conducir las bestias hasta llegar a la era es un ejercicio de esfuerzo y de aprendizaje precisos. Durante todo el día, y cada jornada una familia, conducen los haces de la barcina hasta la era. Todo el mundo colabora, adultos y niños, cada cual a su manera, los últimos como un juego, los primeros con rutina y cansancio. Se apura el día, hasta que por fin, esparcidos los haces por el suelo empedrado de la era, se inicia la trilla. Subido sobre tablones, un arriero va girando en círculos concéntricos sobre la era, conduciendo el mulo de manera precisa para que el grano se desprenda de la espiga. Aún queda ventearlo para que la paja se vaya depositando en una lugar preciso donde posteriormente se recogerá, mientras que el grano caiga por su peso y se vaya amontonando. Primero se recogerá el grano, bien en sacos de arpillera o en serones de esparto. Por último, los fardos de paja se transportaran sobre angarillas o albardas. La era es una fiesta, es el final de mucho desvelo y dedicación, y se come, se bebe y se canta, a pesar de que al día siguiente, tocará repetir la faena.

En la ermita que se encuentra al inicio del camino que sube hasta la era, mi hermana Esperanza y Ernesto se volvieron a casar. Estuvimos muy pocos como testigos, expectantes mientras se cogían de la mano y se besaban en los labios, un beso tierno como su forma de mirarse, justo antes de acotar el espacio a la distancia donde ya no hay dos almas sino solo una. No faltó un pequeño ramito para la novia, con flores de verano de colores amarillos, fucsia y turquesa. Ni las fotos de rigor, que irán sumándose poco a poco a estos relatos, éste y otros que recorrerán esta tierra y a quienes nos enseñaron a amarla.

Aquel día Esperanza cumplió un sueño, casarse en aquella pequeña ermita que conocía desde hacía muchos veranos, cuando también disfrutó de las faenas que culminaban con la trilla en la era.Y, sobre todo, de la alegría de aquellos cortijeros, herederos de la tradición de una tierra áspera y mágica, bastión insurgente como el carácter de quienes la poblaron. Y, ella, un alma repleta de sensibilidad, ilusión y ternura, parecía refulgir entre la dureza del terreno, allí parada a la entrada de la ermita, mirando al amor de su vida, mientras que todo lo que quedaba por venir, nada importara.

José A. González Correa©


Comentarios

Entradas populares de este blog

Otra forma de ver la Navidad

Feliz año 2025

Gente sin alma