Las almas moriscas: lavanda y romero

 


Observo la danza del fuego alrededor de los troncos de olivo que descansan entre cenizas dentro de la chimenea. Son impredecibles en su trayectoria, dibujando la llama de color anaranjado desde una base azul suspendida sobre la madera. Casi conecto mi hilo de pensamiento al alocado vaivén de esa luz inquieta, intentando averiguar por qué mis sentidos entran en calma mientras el calor acomoda mis pies fríos. He regresado del campo, la tierra está empapada y los olivos sobreviven con resignación a los días de vareo, en estado algo raquítico y escatimados de hojas. La humedad se hacía notar desde los píes a las manos, mientras iba recogiendo los leños que ahora veo arder mientras escribo. La calma que ahora siento creo que es consecuencia de que mi cuerpo ha entrado en calor. Aunque, realmente, no hace tanto frío, pienso que contemplar la Sierra Nevada ha causado un efecto hipnótico, imaginando que camino sobre esa nieve tan blanca. Y me vienen a la memoria aquellos moriscos obligados a abominar de su religión que sobrevivieron, no obstante, en la fe y en la Alpujarra.

Acaso le sobreviven sus almas prendidas a los copos de nieve que, particularmente este invierno, están cayendo de forma generosa en las sierra y los pueblos más altos. Imagino esas almas enamoradas de la tierra y de otras almas, que buscan acurrucarse con aquellas más afines, a fin de esperar el deshielo y recorrer las acequias de forma presurosa, convertidas en agua que preñará la tierra. Las acequias como cicatrices del pasado, de aquello que sobrevive al tiempo y a la cultura que lo ideó. Una obra magnífica para el noble fin de preservar hasta la última gota de agua, sin especular, para llenar de vida la vega: donde la tierra fértil se adorna de jazmines, rosas, madreselvas y damas de noche.

Y en la Sierra, el agua filtrada: dos almas que se admiran, que a lo mejor se enamoran, ha hecho brotar lavanda y romero. La una se agosta en invierno junto al romero que florece, éste la protege de heladas y del viento frío, dejando pasar gotas de rocío para que no se le vaya la vida a ella. Y en primavera, el olor limpio y las flores malvas apiladas, haces de espigas verdes abotonadas también de añiles, darán color al verde romero, florecido en enero. Ambas, lavanda y romero, se admiran, se respetan, son el fruto del agua filtrada y la pasión de aquellos habitantes errantes de la Alpujarra, bueno, más bien de sus almas.

Esta noche habrá luna, luna casi llena. Las nubes están descendiendo desde el cielo, aunque hay claros por los que se ven las estrellas, pero la luna no. No se ve todavía, pero proyecta su resplandor haciendo emblanquecer las nubes, a pesar de que la noche está echada. La luz se filtra entre la madeja deshilachada de nubes creando un mantón nacarado que cubre parte del cielo. Tarde o temprano la luz de la luna rozará el suelo, donde dormitan lavanda y romero, él parece que le ha echado el brazo por encima a ella. Si algún alma sin amor observa la escena, solo verá ramas secas atrapadas por el vigor de recios tallos con infinitas hojas y diminutas flores violetas. Mientras que las almas provistas de amor por la tierra mora, observarán como el romero abraza las espigas agostadas de la lavanda. 

Aun no se si la lavanda y el romero se aman, pero observo como se cuidan. La lavanda está sumida en un profundo sueño, justo el que le recuerda a la luna de verano y la sed de rocío. El romero la cuida y la espera, procura quitarle el frío, mientras observa como la luna se asoma y parece cubrirla de plata. Las espigas quietas y casi sin vida, parecen renacer con el baño de nácar que proyecta la luna. El romero se siente reconfortado, contemplando la belleza que será sobre algo que apenas se mantiene con vida, y siente que para que acontezca el milagro está la primavera.

La nieve trae la vida a esta tierra, tierra embrujada con sangre mora. Las almas de aquellos son los copos de ahora, acunados, esperando unir el destino con otra alma y, en primavera, precipitarse por acequias, saltando bancales, cubriendo de vida los campos, preñando la tierra y haciendo reverdecer la lavanda y, quizá, hacer brotar espigas tan altas, coronadas de malvas y añiles, que besen el verde cansado de quien la cuidó durante el invierno.

José A. González Correa©




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