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Los recuerdos

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  Si pudiera dejar atados los recuerdos …, hilvanados a la sombra de mi historia y cosidos al amor por las cosas. … Primero prendería lo cotidiano, lo que nos hace ser lo que somos, nuestras sensaciones instintivas, aquello que no asombra porque es la parte más común que nos aloja.   A continuación cosería todo aquello que se antoja efímero, caduco o pendiente del tiempo. Los momentos que fueron y que luego se tornaron historias, algunas veces leyendas y otras, quizá, solo sueños. Raídos en los bordes del dobladillo de la prenda de pasado que nos abriga.   Incluso perfilaría todos los sinsabores que hicieron desarrollar los inicios y finales de mi relato como persona. Clichés de vida que forman parte de la película escondida de nuestro paso. Todos los fotogramas que nuestra memoria rechaza, también estarían recogidos en la caja opaca de los recuerdos. Estamparía todas las imágenes de mi mente, dejando la prenda cubierta de luces, claroscuros y sombras. Bordaría las palabr...

TIEMPO

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  Pasan los años dejando marcas en la piel que demuestran el cansancio en lo vivido. Transcurre el tiempo alrededor, como el viento transita entre los árboles, ajeno al rumor que ocasiona. El tiempo como dimensión intangible, necesaria como medida del devenir de las cosas y algo más. Algo que condiciona la vida en sí misma. Que determina la senescencia, que establece el final. Y el tiempo como vivencia, como experiencia almacenada en nuestra mente, como tonos de color que dibujan nuestra propia existencia. Años pueden separar mis sentimientos de esta tarde de sábado, con la noche ya presente, de otra tarde de sábado. ¿Qué pensaría entonces? ¿Cuáles serían mis anhelos?, ¿cuáles mis ilusiones? Quizá la memoria pueda devolverme algo de aquello, pero seguro que el tiempo, que por mi ha pasado, no me permitirá sentir lo mismo que antaño. Ni tan siquiera será el mismo camino el que ahora transite, comparado con el de aquellos años. Puede que la senda conserve el mismo dibujo, puede que l...

El baile de Plutón y Caronte

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  No he podido fotografiarlo, por lo que tomo prestadas algunas imágenes (Plutón y Caronte) Plutón fue desterrado como planeta del sistema solar, demasiado pequeño, a pesar de cumplir 2 de las tres premisas para ser considerado un planeta. Sin embargo, siempre estuvo acompañado por más lunas que la propia Tierra. Aunque desde la Tierra, un puñado de aprendices sobre el Universo (se hace llamar Unión Astronómica Internacional -UAI-) degradaron a Plutón, apenas 76 años después de su descubrimiento, el pequeño planeta sigue realizando su órbita elíptica alrededor del sol acompañado de Caronte, la luna con la que baila en la fría paz de lo inmenso. Plutón siempre se consideró afortunado, a pesar de que su órbita alrededor del sol era un viaje durante doscientos cuarenta y ocho años (contados desde la Tierra, claro) y de que su atmósfera no tenga la composición de la atmósfera de la Tierra; aunque, realmente, el nitrógeno, cuando Plutón alcanza su afelio, cae solidificado sobre la super...

La niña que miraba a los lobos

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  Al calor del fuego y a cobijo del Cortijo, la noche seguía invitando a prolongar la tertulia y seguir compartiendo comida y vino. La mujer, sin embargo, seguía preocupada. Aunque su marido le había mostrado con su gesto que se permitieran permanecer allí un buen rato, ella, que sostenía a una niña en sus brazos, pensaba que había llegado el momento de marcharse. –Es muy de noche–, exclamó. –Quédate un poco más–, le comentó la dueña del Cortijo. –Prefiero marcharme, él que se quede, está disfrutando de este buen rato y bastante trabaja todos los días en el campo– La mujer se levantó, le dio un beso tímido a su marido, arropó bien a la niña y salieron del Cortijo. Hacía un buen rato que nevaba, por lo que preparó con la toquilla un esbozo con el que tapar la carita de la niña. La pequeña la miraba a ratos, mientras entraba y salía de un duermevela. Tenia los ojitos de color miel y el cabello oscuro, con una cara sonrosada por el calor del fuego de la chimenea. Era delgada, lo que a...

El Cortijo

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Las nubes se han descosido del cielo y, a modo de sudario, aparecen perfilando la montaña. No ha dejado de llover y las calles y campos están cubiertos y empapados de agua. Es invierno y el frío, ahora que cae la noche, es un mal compañero para transitar por los caminos. En el cortijo, situado sobre el inicio de una sucesión de balates que se prolongan en vertiginosa caída hasta el rio Trevélez, frente a la Sierra del Conjuro y mucho antes que al rio se le unan el Bermejo y el Poqueira, la chimenea encendida presta calor a unas cuantas personas, sus dueños y otros vecinos de una cortijada cercana. Los visitantes han hecho un alto en el camino de vuelta del pueblo de Trevélez, a donde han ido para algunas compras y trueques con los que proveerse en el invierno. El cortijo tiene una única planta, con un pequeño tinao que lo une a la cuadra y a un cobertizo para los aperos del campo. En la Alpujarra los tejados no son de dos aguas, se construyen en superficie plana con launa y pizarra, de...

Un cinco de enero

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  Un día 5 de enero de hace muchos años, el "pagador" volvía con su moto al abrigo de su pelliza de cuero, bajo una lluvia incesante y un frío que se clavaba como un puñal en el pecho. Durante el trayecto, le venían a la memoria las historias que habían ido provocando que ese día, se encontrara subido en una moto transitando por la carretera desde Parauta a Benahavis, pasando por Igualeja y Pujerra, con dirección  San Pedro de Alcántara y destino a Málaga. Las tareas de reforestación hacía necesario llevarle el jornal a los trabajadores que realizaban los trabajos en los monte. La moto fue su compañera durante los primeros años después de que desde la 7ª Brigada de la Guardería Forestal del Estado le encargasen ese trabajo. Hizo tantos trayectos útiles sobre la moto durante tanto tiempo que, cuando conducía el coche, en cada curva se inclinaba hacia un lado (algo que siempre le corregía mi madre). Hablo de trayectos útiles, producto del hartazgo que me producen aquellos moter...

Las almas moriscas: lavanda y romero

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  Observo la danza del fuego alrededor de los troncos de olivo que descansan entre cenizas dentro de la chimenea. Son impredecibles en su trayectoria, dibujando la llama de color anaranjado desde una base azul suspendida sobre la madera. Casi conecto mi hilo de pensamiento al alocado vaivén de esa luz inquieta, intentando averiguar por qué mis sentidos entran en calma mientras el calor acomoda mis pies fríos. He regresado del campo, la tierra está empapada y los olivos sobreviven con resignación a los días de vareo, en estado algo raquítico y escatimados de hojas. La humedad se hacía notar desde los píes a las manos, mientras iba recogiendo los leños que ahora veo arder mientras escribo. La calma que ahora siento creo que es consecuencia de que mi cuerpo ha entrado en calor. Aunque, realmente, no hace tanto frío, pienso que contemplar la Sierra Nevada ha causado un efecto hipnótico, imaginando que camino sobre esa nieve tan blanca. Y me vienen a la memoria aquellos moriscos obligad...