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Órgiva, sin más

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Bruno

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  Bruno   Desde que llegó, Bruno no ha salido del barrio, salvo para sus visitas a la Alpujarra, la tierra de sus abuelos. Por eso, pasear por el barrio es algo que adora. A veces, su caminar es apresurado, otras algo más detenido, cansado. Posiblemente, la edad se ha ido acumulando en sus músculos y articulaciones, aunque, la verdadera causa, es la enfermedad incurable que padece. Pero la afronta con energía, asumiendo tratamientos y cuidados de la misma forma que atesora las palabras cariñosas y el ánimo que recibe.   Adora salir a la calle, pasear por esos lugares cercanos que visita a diario, colmando su nariz de olores de todo tipo que lo estimulan y atrapan, como en un sueño.   Estos días, de antesala de la primavera, descubre, con asombro, lo adelantado del azahar en los naranjos, y ese aire prendido de pétalos blancos que se descuelgan arrastrando el olor que tanto han narrado los poetas. En ocasiones, camina sobre esa alfombra de nácar improvisada que tapiza...

La velada luz de la luna

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  Una sombra me hizo deshacer el camino y salir al raso, perfilando el sendero me acuné sobre el asta de la luna y me quedé dormido soñando contigo un largo tiempo, medido en ternura, solo un instante, en futuro, toda la vida. Me devolvió el frío al final del sueño, miré arriba, sobre mi crecía la luna, con el silencio como aliado,   repartiendo su luz y velando estrellas bajo su halo, su silueta se iba colmando hasta llenarse de blanco. Me atraes como ella, como somete a la mar en las mareas, sin apenas rozarme, desde cualquier distancia, sin tiempo que ampare un pensamiento, un deseo, solo por estar ya me siento esclavo, de su luz, de tus ojos. Me detuvo una sombra, una silueta, la forma que quiso el destino, desbordada caricia que me ofreció la luna, para pensarte. Y me quedé dormido, al abrigo de un manto de nácar,   con la soledad de la noche y la velada  luz de la luna para soñarte. José Antonio González Correa

Gramos de soledad

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Había comprado unos gramos de soledad, me asfixiaba la idea de que me sorprendiera en cualquier momento, en cualquier lugar. Decidí hacerlo ahora mientras la rutina acompaña con tantas voces que la serenidad es una pequeña isla en medio del mar. Lo hice, además, mientras contemplaba como el sol gastado de la tarde bañaba las laderas de la sierra Almijara, circulando tranquilo en el interior de un coche. Desde la distancia, percibía los latidos de esa tarde adormilada que contemplaba como el aire domaba las nubes. Esa tibieza de luz desparramada por la vertiente sur de las montañas, que mojaba sus faldas y los blancos encalados de los cortijos y pueblos. Debió ser la nostalgia que envolvía esa imagen la que me hizo adquirir esos pocos gramos de ausencia. Quizá recibí la tarde como anticipo de una noche fría y sin luz, no dibujé en la escena imaginaria la silueta de ninguna luz de farola, ni tampoco levanté la enagua a esa noche fría para que mostrara la luna. La sentía caer, aun cuando ...

Las tardes de invierno

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Las tardes de invierno son como cualquier tarde del resto del año, marcadas por la rutina que se ha encajado entre los resquicios de nuestra vida, rutina que convive con nosotros e incorpora lo común a lo habitual. Las tardes anuncian lo inevitable, que el día se acaba y tenemos que acomodar el paso al sosiego necesario que nos permita seguir caminando a la mañana siguiente. Por eso las luces se van tornando a colores pasteles teñidos de añil y rosas cargados de sombras. Lo que ocurre es que habitualmente no estamos en disposición de apreciar esa fantasía cromática, dado que acudimos deprisa a reencontrar la rutina del descanso necesario. Si cada atardecer nos alcanzara, la luz filtrada de las nubes en retirada, sencillamente, nos paralizaría. Coches parados en plena autovía, naves varadas y viandantes inmóviles mientras el milagro cotidiano se hace visible, apartando durante breves minutos la calculada y precisa planificación de lo diario. Lo único que diferencia a una tarde de invier...

Ganarle tiempo al tiempo

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Ganarle tiempo al tiempo, llevando consigo aquello que fuimos, sintiendo de la misma forma, a pesar de todos los inviernos acumulados. No lo gastamos, poque somos los mismos, solo pasan los días, meses y años, pero sentimos como siempre, nuestras sensaciones no envejecen. Eso pensé en aquella enorme estación de enormes dimensiones, donde el aire se movía con la nostalgia de los viajeros que volvían y partían, mezclando las sensaciones de ilusión y cansancio. Imaginé que cada persona con la que me cruzaba atendía de forma diferente su tiempo. Algunos se apresuraban con la intención de hacer más que los demás (en el mismo tiempo), otros dejándolo transcurrir contemplando su paso como se mira el paisaje a bordo de un tren, muchos guiados por algo predeterminado que marca sus pasos resignados, unos pocos con el aire distraído que permite disfrutar de cada pequeña cosa y otros pocos, convencidos que su tiempo vale más que el de los demás. Y, por otro lado, está el viaje, cada tren hacia su ...

Nochebuena 2023

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Imagino que todo el mundo conoce el motivo de la celebración de la Navidad. En pocas palabras, forjar un vínculo de ilusión entre la vida y la muerte. Crear un atisbo de esperanza al permitir que la sencillez, pudiera cambiar el  statu quo de la historia. Un niño recién nacido, de padres que buscan refugio en otra tierra huyendo de un déspota poderoso, descansa acurrucado en un pesebre sin más abrigo que el calor de sus padres. Un acontecimiento ocurrido hace más de dos mil años que hoy nos congrega en torno a las personas que queremos para celebrar aquella "noche buena" en la que, para los creyentes, Dios se hizo hombre. Podemos imaginar que hace más de dos mil años, este acontecimiento debió pasar inadvertido salvo para los habitantes de aquella aldea de Belén y unos Magos que, según cuentan, llegaron desde oriente, conscientes de la transcendencia de lo que ocurría en aquel humilde pesebre. Lo cierto es que aquel niño no pasaría desapercibido una vez que se hizo mayor, su...