La muerte
La muerte es la mirada, vestida de derrota, de quien queda desvalido, atrapado en un instante esquivo que no se entiende. La muerte mancha los sentido de quienes la observan, no tiene sentido para quien ya no es, sino para quien se queda. La muerte es ese velo que nubla el pensamiento, haciéndolo pesado e inerte, desgastando inmisericorde el tiempo que transcurre desafinado alargando la pena.
Aprendí como es la muerte en los ojos de mi padre, inundados e incrédulos, buscando en la habitación, aún a oscuras, algún movimiento de mi madre. La llamaba, una y otra vez, inconsolable, mientras yo le repetía de forma absurda, tranquilo, no pasa nada. Como si pudiera sosegar, con una frase, la ausencia infinita y fría que lo abrumaba en ese instante. Le habían descosido, a tirones, la esencia de su propia vida. Cuando el tiempo construye un amor tan longevo, no alcanzo imaginar como se supera la partida inesperada de quien es parte de tu propia vida.
Aprendi como es la muerte en los ojos de mi madre, enrojecidos y claros, como esos haces de luz otoñal que tiñen las nubes rasgadas tras las acometidas del viento, donde el azul se conserva y las nubes parecen heridas de muerte. Aprendí aquel día, como en aquellos ojos arrasados, pero de mirada calmada, solo quedaba la resignación de una madre que daba gracias al cielo por haber podido amar incondicional e intensamente a su hija. No había rabia, no había amargura, solo la necesidad de afrontarlo y consolar. No puedo olvidar nuestro abrazo y sus palabras de consuelo.
Aprendí como es la muerte en la mirada agotada de mi padre, cansado de vivir sin la mujer que amó toda la vida. Entendí, con el paso del tiempo, que no quisiera seguir luchando por mantenerse vivo, que eligiera bajar los brazos, no como señal de derrota, sino para volver a buscarla. Y aquella mañana, junto a su cama, mientras su cuerpo frio me parecía un mal sueño, le conté cuanto lo quería, cuanto los quería. Le hablé, asumiendo que también allí estaban ellas, que la vida nos derrota con la muerte a quienes seguimos vivos.
José Antonio González Correa©, octubre 2026
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