Otoño


El otoño me atraviesa de manera inmisericorde, dejando mi alma tan desnuda que queda expuesta a las sensaciones que multiplican, de manera exponencial, mi forma de sentir. Por eso, no me ha resultado extraño que de camino a casa, mientras caminaba, el espeso verdor de la copa de un árbol o el ramillete de flores lilas, de otro habitante de la acera, me parecieran de una belleza infinita e inabarcable.

Lo mismo he sentido al comprobar los espacios recortados de algunos edificios sobre el perfil del cielo, un cielo azul y limpio haciendo de marco majestuoso. El mural que siempre admiro y conozco al detalle, se alzaba distinto a mis sentidos de poros abiertos, haciéndome pausar el paso y contemplarlo como obra nueva llena de estímulos.

Me han parecido las aceras perfectamente alineadas en sus filas de baldosas, con los cambios de color a modo de dibujos exquisitamente dispuestos. Bueno, hasta que unas pocas estructuras sobresalientes han hecho que tropezara y dedicara mis pensamientos a alcalde, concejales y ayuntamiento en general. Pero, como no quería deshacer el idílico momento de retiro, he decidido seguir empapándome de sensaciones gratificantes y evitar, de esta manera, cambiar este escrito por una carta al director de alguno de los periódicos de Málaga.

Además, hoy, equinoccio de otoño, no quería desperdiciar el tiempo atendiendo otras circunstancias que cada uno entendería según el filtro emocional que aplique a su día a día, filtro emocional que nuestra sociedad procura que tenga un sesgo de principios incondicionales que privan de la posibilidad de compartir lo plural. La verdad sobre las cosas importa menos que la historia que pueda vencer las conciencias, aunque la historia sea inventada.

Volviendo al paseo, hasta las gaviotas, convertidas en carroñeras de los contenedores de basura y asesinas de palomas, me han sobrecogido con su vuelo, planeando de manera perfecta entre árboles y edificios. Me han recordado a aquellas que, durante este verano, he contemplado y fotografiado por su destreza al pescar en una mar revuelta.

He buscado a la luna, la misma que ayer aguardaba encendida la llegada del otoño, pero no estaba, volverá esta noche convertida en gibosa creciente, preparando su plenitud para el fin de semana. Aun así, el paseo seguía resultado pausado y tranquilo, la respiración calmada y la gonoartrosis goteando algún síntoma.

Habiendo colmado mi alma con esas sensaciones, empecé a mirar a otros transeúntes. Me conmovió la ternura de dos figuras de cabellos plateados, ella del brazo de él y éste apoyando su peso sobre una muleta en el brazo derecho. Caminaban algo más despacio que yo, compartiendo conversación pausada, con esa cadencia de paso de trono, tan característica en las cofradías de Málaga. Había tanto pasado como cariño en ambos, por lo que contuve el paso para no adelantarlos hasta casi percibir el amor que atesoraban. Justo cuando pasaba a su lado, observé como la boca de metro vomitaba otras figuras, de aspectos distintos y semblantes que reflejaban parte de lo consumido del día: había alegría en algunos jóvenes, en otros cara de recogida fugaz para el almuerzo y volver al tajo, que contrasté con quién, alguien de semblante serio y cansado, daba por concluida aquella actividad asumida desde temprano. Pensé entonces en mi propio cansancio y en como me vería cualquier otra persona que, como yo, se hubiese levantado con el cambio de estación jugando con sus sensaciones. 

En el camino de vuelta a casa pasé por al puerta de un Centro de Salud, orientado hacia una enorme fuente circundada por un tráfico intenso. Pensé, ¿Centro de Salud?, ¿dónde quedó el concepto de apostar preventivamente sobre la salud de nuestra sociedad? Imaginé, entonces, en su interior, los profesionales desgastados por la tarea, la ingente tarea de atender cuerpos y mentes, de encontrar la manera de recuperar la salud de la población que acude a consultarles. Imaginé, dada la crispación que están procurando que aceptemos como adoctrinamiento perverso, como tendrían que lidiar esos profesionales con situaciones y problemas que, en la situación actual de empobrecimiento de la sanidad pública, precisa de la vocación de servicio público y la humanidad como garantes de la mejor de las atenciones. Porque, aunque se hayan convertido en el foco de la ira de quien no encuentra consuelo, ellos y ellas no son los culpables y, además, sufren el desconsuelo de aquellos.

Del Centro de Salud salía, con un andar parsimonioso e inseguro una mujer de unos 30 años envejecida y caquéctica. Su mirada perdida y su ensimismamiento me hicieron pensar en ella como una víctima de la lacra que enriquece a las mafias que campan sin respeto en nuestra ciudad. Ese dinero tan fácil al que no están dispuestos a renunciar, los enriquece sobre los cadáveres andantes que su droga atrapa y hunde en el pozo de la despersonalización. Al pasar a su lado, sentí la ausencia de esperanza, atrapada en un rostro maltratado por la intemperie y el sol implacable de esta tierra. Incluso imaginé su peregrinar tras pernoctar en cualquier sitio o su palacio de cartones en algún lugar protegido. Me sentí y me siento un peón inútil de esta sociedad rendida a lo material. Por ello, merecía la pena contar de principio a fin un paseo que comenzó con el otoño deshaciendo mis costuras y terminó con la realidad cosiendo las alas que me habían permitido, durante un rato, volar camino de casa.

José Antonio González Correa©, Otoño 2026

Autor del dibujo de cabecera: José Antonio González Correa Jr. 





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