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31 de octubre

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Nunca supe a qué correspondían estas fechas en el calendario, cuando octubre se consumía y se asomaba noviembre. Las fechas en las que escenificamos el sentir por nuestros muertos. Fechas de santos y difuntos, fechas de miradas esquivas al pasado, miradas doloridas y húmedas.  De niño recuerdo los paseos por el cementerio, leyendo epitafios y despedidas, observando fotos de personas desconocidas, envuelto en el aire frío, el olor dulzón de las flores y el color desteñido del pasado. El tiempo no me ha resuelto las dudas sobre los días en que estamos, solo ha hecho que los viva de forma intensa por tanta nostalgia dolorida y cansada que cala de humedad todo mi cuerpo. Por eso, en estos días necesito el abrigo de las palabras, tejer una manta de frases que atemperen los sentimientos. Necesito escribir para calentar mi alma, para conectarme con ellos, para dejar constancia que no los olvido, para poder expresar sin vergüenza que lloro como un niño cuando veo sus caras en el álbum sere...

Se queda mi voz callada

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      Imaginaos la escena, desciendes por la cuerda de una montaña, hace calor a pesar de ser más de las 8 de la tarde, desciendes tranquilo, notando aun el sudor que moja tu espalda. En un recodo del camino, se abre de repente un vacío que deja expuesto el valle, el aire no refresca, pero si roza tu cara con intensidad. Miras el reloj, la tarde está cayendo y descubres que el espectáculo de colores está a punto de comenzar. Por eso, dejas la mochila en el suelo, te sacudes la ansiedad, y te sientas. Acomodas la mirada sin más pretensión que el instante que vives atraviesa tu alma, como la misma luz, de ese solo atardecido, está atravesando algunas nubes (que vergonzosas cambian de color). Ese momento se va a revelar de forma cierta cada vez que cierres los ojos, porque la emoción está en sentir, sin prisas y con la paz de la montaña, esos instantes tan hermosos como efímeros, esos instantes que serán aliados de la memoria.   Eso descubrí cada vez que recorría estas ...

Las lecciones aprendidas

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  Las lecciones aprendidas   No es nada nuevo en el ámbito militar tras un operativo, después de llevar a cabo determinadas acciones o actividades sujetas a una norma, se reflexione sobre aquellos aspectos que nos han ayudado, nos facilitaron cierto aprendizaje y, por supuesto, nos habría gustado realizar de otra manera con otra visión y otra forma de actuar. Estoy convencido que durante estos días todos hemos aprendido alguna lección, todos hemos reflexionado sobre muchos asuntos cotidianos y no tan cotidianos. Muchos nos habremos preguntado por nuestra propia historia y sobre hace dónde nos llevará en un futuro cercano nuestros pasos, de forma individual como personas y de forma colectiva como sociedad. Primera lección: compartir en aislamiento   Hemos cambiado el registro de una soledad intramuros individual y compartida en el ambiente familiar por otra extrovertida de balcones solidarios, quizá con algún tinte hipócrita pero tan necesaria como acertada. Aplaudir, de f...

Vida y sombra

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Vida y sombra   Inmóvil como la sombra que proyecto de espaldas a un sol atardecido requiero vivir sin otro aliento que aquel que acostumbras regalarme.   Trasládame al trazo que esa nube, dibuja sobre el cielo resignado, mientras que el sol que de azul lo viste se retira descosiendo los añiles hilvanados.   La marea recoge la desgana con la que la espuma se retira de la orilla, mientras el tiempo desgrana con el eco la voz apagada del ocaso.   Se acuestan los sentidos y emociones, cansados de asistir a la belleza, que es la vida, la luz necesaria de la sombra, y la sombra, el perfil acotado de la vida.   José A. González Correa

Las olas

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Las olas   El ruido del mar arrulla como no lo hace una nana y las inquietas olas se acercan, me miran y sacuden espuma.   En su eterno vaivén me mezo y conmigo mis sentimientos, extasiados por el roce delicado de la mar sobre mis píes descalzos.   Algunas se aproximan derrotadas, desnudadas de su encaje blanco, llegan detenidas y asustadas y se retiran sin ocupar espacio.   Otras aparecen bravuconas y dispuestas, cabalgando sobre un fondo trasparente, brincando sobre las rocas y derramando pequeñas gotas y un rumor, …, que recordamos siempre.   José A. González Correa

Desde la ventanilla del tren

Hay verde, y agua, olivos preñados, encinas con un verde oscuro y limpio. Los túneles me apagan el verde, el sol me ciega a la salida. Genistas tiñen el ocre que la hierba alta deja. Y de pronto espejos de figuras diferentes, agua descansada y quieta. Y sigue el verde Quejigos, a la vera de los railes desenfocan mi visón entretenida con los postes de la línea de luz. Hay un parche amarillo raído, con botones colorados,  de amapolas vergonzosas y ... espigas que se van tostando con el sol de primavera Jose A. González Correa

Ascua

Ascua de encina resinosa. El rojo, hurtado del lomo del Fruto y la frente del Sol. El humo, me lo prestó el otoño en una chimenea y se lo devolví al verano apilado en el Mulhacen. La ira me la están extinguiendo, a cambio me regalan calor. Y con ese calor me mantengo, ni me extingo, ni me incendio. Y si me extingo, que al menos me apague el acero de un caldero, un cocinero inexperto y el olor a migas. Uno de mis lujos es brillar rubíes un par de veces para que, al descubrirme, se sonrían o no me pisen al menos. José Antonio González Correa Jr. 27 de abril de 2020 (justo antes de dormir) No hay regalo que pueda encerrar la ilusión con la que se reciben los versos. Versos que se derraman en la telaraña métrica de un poema. Quizá esperamos los versos teñidos del amor soñado, o nos sumergimos en la magia de los maestros del verso. Pero, ¿qué ocurre cuando te los regala un hijo? Que todo vuelve a cobrar sentido, que la música se diluye en tus venas te invade y te invit...